Semilla.
 
Todas apretadas unas contra otras nos movíamos como locas para alcanzar la luz, latíamos incesantes dentro de la tierra que nos acunaba pacientemente preparándonos para lo que vendría, nutriéndonos como lo haría siempre hasta el fin de nuestros días.
Cuando una ínfima parte de nuestro ser vio la claridad ella se encargó que no paráramos, nosotras le ofrecimos más y más raíces que ella se encargó de hacer más y más profundas para sostenernos en nuestro crecimiento.
Ya crecidas - no adultas aún- supimos que otros también colaboraron para que fuéramos quienes somos, el aire aportó lo suyo soplando algunas veces más fuertes que otras: violenta o dulcemente él ha estado presente desde el comienzo, que el agua (¡ay la dulce agüita!) nos bañó y alimentó con sus gotas de miel que -cuando el mundo se ponía loco- hasta llegó a arrazar con nosotras y nosotras libres de rencor –porque la comprendíamos, después de todo el agua es mujer- la consolamos creciendo en otros lugares y con otras formas.
El sol Dios amante de la tierra guiñaba su ojo de fuego finalizando el ciclo.
Somos seres completos: nacemos hembras y en el transcurso de nuestras vidas, mutamos en machos ¿cómo se explica sino que una semilla llegue a ser árbol?
Hoy, después de un largo camino nos encontramos aquí, hemos desarrollado grandes follajes, ramas que se besan unas con otras, hemos florecido y marchitado, deshojado y renacido, hemos vivido y muerto, pero jamás olvidado que alguna vez fuimos un puntito que por obra y gracia de la madre tierra, pudimos nacer.
Autor: Cecilia Yeregui
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